El Estuche de la vida – o la máquina de la felicidad…


EL ESTUCHE DE LA VIDA – o la máquina de la felicidad…
Presentación del libro Mira la mar, Miramar, de Enrique Vivoni Farage 8 de mayo de 2013

La casa debe ser el estuche de la vida, la máquina de la felicidad… Le Corbusier

Nos convoca hoy la presentación de un libro, como si dijéramos la llegada de la primavera y, de paso, el presagio de que, contrario a la percepción de muchas personas en nuestro país, sí quedan espacios de esperanza desde los cuales y en los cuales trabajar. Multifacético y contundente, Mira la mar, Miramar es un libro, un catálogo, un álbum, una historia de un barrio santurcino, una planera llena de propuestas de casas y edificios soñados, un inventario de calles y manzanas, una colección de fotos de interiores y exteriores, un pedazo de urbe en disección, un gabinete de curiosidades y un seminario intensivo de arquitectura puertorriqueña del siglo XX.

Enmarcado en la fructífera labor del arquitecto, historiador, archivista, archivero y rescatador Enrique Vivoni, este libro en dos volúmenes nos presenta el desarrollo de una comunidad citadina a lo largo del Siglo XX, desde la perspectiva de sus construcciones. A la misma vez vez, Mira la mar, Miramar resulta un muestrario de los cambios sociales y culturales del mundo urbano puertorriqueño, pues mucho de lo que revela, aunque en menor escala y a veces de manera fragmentada, se dará también en otras ciudades y pueblos de la isla desde comienzos del siglo XX.

La Introducción nos explica que estos dos volúmenes responden a un proyecto que se origina en “el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico por encomienda de la Oficina Estatal de Preservación Histórica”. Y pasa a especificar cómo se llevó a cabo, bajo la tutela del arquitecto Vivoni - con la colaboración del historiador Juan Llanés y un grupo de estudiantes de Arquitectura - la investigación, la búsqueda e información histórica, la catalogación de cada casa y solar en el suburbio de la Capital llamado Miramar. Pero esa información veraz y necesaria no puede dar fe de lo que en realidad es este trabajo. Por un lado, constituye una labor de infinita precisión, de la búsqueda de datos en documentos dispersos en archivos del estado y en archivos privados; y de certezas, o casi, en los archivos de la memoria de algunos habitantes de Miramar. Por otro, resulta en un ensayo de estudios culturales que no se presenta en palabras solamente. El primer volumen es ese ensayo, con todo y fotos y calces y planos y propuestas. El segundo, coloca bajo un microscopio las edificaciones señaladas y explicadas en el primero y las cataloga de acuerdo a los materiales de construcción, los estilos que les identifican, el contexto en que se dieron.

A los arquitectos, uno aprende poquito a poco, uno los puede identificar tan solo por la forma en como escriben; los delata su caligrafía, que siempre parece una construcción. Pero, hurgando un poco más, uno identifica un texto de un arquitecto por su contenido, porque parecería que de todos los que se dedican a profesiones vinculadas a las artes, solo a ellos les ha sido dado concebir ideas por escrito en tercera dimensión.

Por eso este libro, desde su comienzo, nos transmite algo muy distinto de lo que nos hubiese comunicado un ensayo que fuera solamente apalabrado sobre la historia arquitectónica de Miramar. Las palabras acompañan a las fotos. Los dibujos acompañan a las palabras. Los calces pueden tener mayor información que el texto impreso; los planos, solitos, van narrando una historia paralela, novedosa y reveladora de cómo va cambiando la urbe, sus constructores y sus habitantes.

Aunque, siguiendo la lógica que necesitamos, el texto se desarrolla cronológicamente, como la Rayuela de Cortázar, uno puede saltar páginas y no sentirse perdido, sino todo lo contrario, seguro de haber hallado un camino para mejor entender cómo se pobló ese barrio y qué es eso de la arquitectura y de lo que adaptan, imaginan, diseñan y hacen cuajar los arquitectos para cumplir con las exigencias de los dueños de solares que vivirán las casas y departamentos y hoteles y clubes que mandan erigir.

Es en pleno comienzo del siglo XX, en 1903, cinco años luego de la invasión estadounidense, que una institución con nombre que parece sacado de revista del proletariado socialista internacional, la People’s Cooperative Building Savings & Loan Association fundada en 1902, adquiere una finca de 95 cuerdas perteneciente a Francisco Armengol Heras. Ubicada a la salida del cruce del Puente de San Antonio, donde la isleta de San Juan se une a la isla grande, ese terreno incluye la única colina que abre a la bahía en el costado que da a la Capital. Fiel a la raigambre de cultura Occidental, se había apodado “El Olimpo” a esa colina, desde donde se “miraba al mar”. Ya un grabado de mediados del siglo 19 muestra a dos hombres mirando a San Juan desde su plácido “Olimpo”, quizás viajeros o invitados a una de las quintas de veraneo y estancias que los comerciantes ricos de la ciudad murada habían comenzado a construir para airearse y salir de la asfixiante sede de gobierno/cuartel militar de casas cerradas y contiguas que era San Juan.

El desarrollo urbano comenzó de inmediato y se segmentó en 213 lotes residenciales de variada extensión (fluctuaban entre 250 y 950 metros) a lo largo de 16 manzanas, con una extra reservada para un hotel. Ya en el censo de 1910 figura como una comunidad con cientos de habitantes y, señala el autor, aunque la mayoría eran puertorriqueños, la presencia de extranjeros empleados del gobierno insular, sirvientes y otros viviendo en casas de huéspedes y apartamentos, así como de algunas familias de comerciantes nacidos en el extranjero pero insertados en la vida social y económica puertorriqueña, como los Bouret, Stubbe, Behn, Filippi o González Padín – propició la idea de que este sector residencial era mayormente un lugar de extranjeros.

Esa multinacionalidad, sin duda, debe haberle ofrecido a esta comunidad, un sabor distinto, quizás un espacio de tolerancia cultural y religiosa como el que describe Albert E. Lee en su singular memoria An island Grows que existía en Ponce a fines del siglo XIX cuando ingleses, alemanes, holandeses, catalanes, mallorquines, corsos y gente de otras latitudes convivían y trabajaban en esa ciudad. Lo cierto es que si bien los orígenes de los dueños de lotes en Miramar podrían ser variados, todos tenían un fin en común: construir sus residencias y mudarse tan pronto fuera posible. Para eso, necesitaban dos cosas: dinero y constructores. Y de ambas, al parecer, disponían.

El libro nos va mostrando el vertiginoso desarrollo que comenzó en 1907 y, al entrelazar quiénes son los dueños que mandan construir casas, qué tipo de casas piden y quiénes son los arquitectos que las configuran, comienza a darnos un cuadro muy particular, como si viésemos un documental, de un sector de la sociedad puertorriqueña capitalina, precisamente el de mayor poder económico y político, que hará suyo este predio llamado Miramar y lo dotará de una identidad particular, aunque sus estilos varíen de año en año o decenio en decenio.

La presencia de los nuevos arquitectos conviviendo con los mayores, de los jóvenes que llegan de Estados Unidos con diseños del Renacimiento español debajo del brazo y que son contratados por unos dueños de solares mientras otros todavía comisionan a los que estudiaron al filo del siglo en Bélgica o España que aun gustan de diseñar quintas de estilo Victoriano o Resurgimiento clásico será una constante en el primer cuarto de siglo.

El autor aprovecha esta coyuntura para poner de relieve cómo se va profesionalizando el oficio y arte de los arquitectos e ingenieros, y como, de esa gran necesidad que tiene el país por los constructores - y que se refleja ampliamente en Miramar – así como del descontento que sienten éstos por el menosprecio que detectan en el Negociado de Obras Públicas respecto a su labor, se establece la Sociedad de Ingenieros de Puerto Rico, y hasta se intentará graduar estudiantes de Arquitectura del Recinto de Mayagüez de la Universidad.

Un aspecto importantísimo de Mira la mar, Miramar es el elemento didáctico, pues si bien algunos nos hemos acercado al estudio de estilos arquitectónicos por gusto propio, o al viajar al exterior se nos ha señalado que tal o cual construcción es estilo Pradera o Reina Ana, la riqueza arquitectónica de Miramar evidenciada aquí es tal, que permite al lector aprender y apreciar las múltiples puestas en escena de los artífices de la construcción.

Este libro promete ser una iniciación para muchos, y una reafirmación para otros. Porque hay edificaciones que nos llaman, que al uno mirarlas aunque sea en fracciones de segundo al pasar a toda prisa frente a ellas, nos hacen guiñadas, se atreven a llamarnos para que nos acerquemos. “PST, mira, ven acá” parece murmurar una casa de techo a dos aguas, casi abandonada, con maleza arropando las columnas de su porche, con una escalera cubierta de losas del país que una vez fueron brillantes y aun hoy son hermosas. Porque lo decadente solo se da donde hubo nobleza, y muchas de estas casas fueron nobles, aun las pequeñas. Ese llamado viene porque estas casas y edificios fueron construidos, en su mayoría, por personas que dominaban, conocían y se regodeaban utilizando el lenguaje arquitectónico. Aunque estén intervenidas, todavía nos hablan. Uno quiere seguir camino, pero no puede. Se detiene y la mira, el aura todavía está ahí. Lo que ella fue trasciende el tiempo y conversa con el transeúnte. Y cuando uno lee los calces que acompañan las fotos y planos del libro, uno comienza a poder precisar qué es lo que tiene la estructura que nos iluminó el corazón. Qué causa esa pena que uno siente cuando sabe que la van a demoler en vez de restaurar, qué mucho cala en los que amamos las casas antiguas de todos los barrios de Santurce poder admirar siquiera el mosaico que queda a una entrada, la ventana de cristales que aún no han roto a pedradas, el techo a dos aguas que ahora es a una porque todo el agua del mundo se filtra hacia adentro a través del cinc corroído.

Los bloques del Arte Moderne, las almenas del Resurgimiento Español, el Resurgimiento Clásico con las arcadas como el de este edificio que hoy nos recibe, los elementos circulares y motivos marítimos del Arte Deco, las cornisas y vitrales del Resurgimiento gótico, la guirnalda del Resurgimiento Francés, el amplio balcón de un bungalow, el alero profundo y la urnas con flores del estilo de la Pradera: quizás es solo uno de esos elementos, quizás son todos, pero ciertamente nos llaman, nos enamoran, nos afirman que sí se puede construir de otra manera y, como todo lo que vale la pena en el mundo, nos cambian para siempre porque al posar luego la vista sobre mucho de lo que se construyó en otros lugares, uno se da cuenta de cuánto vale lo construido en Miramar.

Y lo interesante y dinámico es que este sector representa 100 años de cambio, que es lugar donde cohabitan estilos y sin embargo, tiene una armonía que se refleja quizás en algunos de los nombres de sus calles: Paz, Unión, Concordia, lugar de Miramar, lugar, realmente, del Olimpo.

Otro aspecto que el autor resalta es la intrínseca relación entre lo que se va edificando y la historia social de los que edifican. En particular, trabajando en este libro la modernidad, explica: “En la arquitectura, las representaciones de lo moderno han asumidos numerosos visos. Cada cual enuncia los postulados indicativos de los vectores por los que han transitado las transacciones sociales…” Y para apreciar claramente esas representaciones, basta con fijar la vista en los planos. Las casas y edificios están ordenadas en el libro de acuerdo a cuando se fueron construyendo, y contexualizadas por periodos acorde esa cronología. Entonces, al uno mirar con detenimiento los planos, uno va descubriendo cómo se vive cuándo. Los primeros, los que equivalen a los albores de Miramar al comienzo del siglo, todavía definen los interiores en español. Los cuartos son “alcobas”. A veces, entre una y el baño hay un “cuarto tocador” o un “cuarto de vestir” donde la gente, a su paso, se acicalaba ; y, en vez de un clóset, hay un espacio nombrado “guardarropa” – para entonces ni siquiera la gente de mucho poder adquisitivo tenías decenas de piezas de ropa y pares de zapatos. Probablemente para el señor de la casa, hay un “despacho” donde tiene libros, lleva sus cuentas, recibe a allegados de negocios. La configuración de la vida cotidiana de las familias pudientes de la primera década de1900 aparece delineada en esos planos, donde todavía junto a las cocinas hay “despensas” para guardar los alimentos y se le llama al cuarto de atrás el “cuarto de criadas”, porque hasta ese entonces, eso eran la gran mayoría de las que servían: muchachas “criadas” al rescoldo de alguna familia a la que se las entregaban de niñas a cambio de que les dieran cobijo, comida y algo de letras.

Ya en las décadas del ’20 y ’30 vemos cómo va cambiando la configuración de los hogares, y el nombre con que definen los diferentes espacios: las alcobas serán dormitorios; los despachos, estudios u oficinas; las despensas, clósets; el balcón, la veranda. Junto a algunas cocinas habrá un intraducible pantry importado directamente de Estados Unidos y algún cuarto de estar será un parlor. Más entrado el siglo habrá más de un baño en algunas casas, los dormitorios a veces serán chambers y el estudio podrá ser un library . El cuarto de criadas será el cuarto de servicio y la cocina ya no tendrá que estar relegada al final de la casa, sino que puede quedar cerca del comedor. Los vestíbulos, esos espacios de decoro heredados de las casas romanas donde se escoge quién pasa al inner sanctum de la vida familiar y quién ha de permanecer atendido en la sala o el despacho, irán desapareciendo. El modo de vida es otro, la gente que se acerca al medio del siglo y pide casas del Renacimiento español y bungalows con antojos del estilo Pradera que ha popularizado el arquitecto Nechodoma en Puerto Rico, tendrá un estilo de vida totalmente distinto al de sus tíos y abuelos que mandaron construir residencias con fachadas neoclásicas o amplísimas quintas de madera con techos de cinc a cuatro aguas. Las etapas de esa parte de la Historia se desprenden de algo tan sencillo como las propuestas que presentan los arquitectos a sus clientes y que este libro nos brinda, como bono añadido.

Y los arquitectos, claro está, figuran continuamente a lo largo de ambos volúmenes; los esbozos biográficos de todos los puertorriqueños que han podido ser identificados como constructores de Miramar, aparecen aquí y llenan un vacío enorme que tenemos en este país acerca del quehacer de estos constructores/artistas que tanto nos brindaron a lo largo del siglo XX y cuyas vidas y obras casi no se habían reseñado en esta isla.

Cuando uno lee y relee y por ratos se fija detenidamente en algunas de las ilustraciones de Mira la mar, Miramar uno revalúa lo que uno cree que sabe de la ciudad y el país. E, inevitablemente, relaciona lo que uno creía saber, con lo que ahora está aprendiendo. Como sucede con todo libro importante sobre nuestra Historia este nos provee información y, mejor aun, interrogantes. Por ejemplo, ¿qué lugares visitaron los estadounidenses que comienzan a llegar a Puerto Rico en los albores del siglo XX y la describen como una isla llena de mujeres que apenas se cubrían, viviendo en casas calurosas y abandonadas? En Down in Porto Rico, el reverendo George Milton Fowles explica a sus conciudadanos que aun en las casas de la gente más acomodada no hay nada creativo, “there seems to be a uniform mode of arrangement of parlor furniture…. and a stiff conventional manner of arranging them…” y que la razón por la que hay tan pocas residencias elegantes es “the fact that most of the wealth has always been in the hands of the Spaniards”. Esto fue en 1906, republicado en 1910, cuando la Avenida Olimpo ostentaba quintas, casas, el Hotel Eureka, el Union Club…

“Para conocer la gente, hay que ir a su casa”, sentenció Goethe , y este libro nos lleva a las casas de la gente de Miramar para mejor conocer cómo se vivió aquí. El segundo volumen, además, nos permite apreciar cómo se catalogan las edificaciones para efectos de evaluarlas y tratar de registrarlas como de valor histórico o arquitectónico. La palabra clave es “integridad”, ya sea por localización, diseño, ubicación, materiales usados, mano de obra, sentido o asociación”. Al parecer, las casas, al igual que las personas, son evaluadas, en última instancia, por su “integridad”…

Como nos tiene acostumbrados, de nuevo el arquitecto Vivoni nos presenta un libro que tiene sustancia en su contenido y belleza en su forma. El diseño de Mara Robledo vuelve a facilitar el placer del lector, y es obvio el nivel de profesionalismo y compromiso del equipo de coordinación e investigación de este proyecto-convertido-en texto, si no, no hubiese salido tan bien.

Si la casa, como dijo Le Courbusier debe ser el estuche de la vida, aquí tenemos amplia documentación de casas como estuches cuya creación debiésemos celebrar y, si posible aun, preservar. Y si de máquinas de felicidad se trata, esta catalogación, investigación y estudio concienzudo de las casas de Miramar nos remite no a un momento, sino a todo un siglo a lo largo del cual arquitectos-artistas dejaron huella de su empeño y su oficio en un sector urbano de nuestro país. Esas casas serían el remanso, la máquina de felicidad para sus habitantes; para nosotros, en cambio, es la continua producción de estudios como este, la industria de la idea plasmada en acción y compartida en un libro por parte de Enrique Vivoni la que nos brinda una gran felicidad.



© 2013 Magali García Ramis